Es la primera vez que viajo a este país que une Asia con Europa. Estamos aquí para conocer Heriápolis o Pamukkale, una antigua ciudad romana más famosa por sus cascadas de aguas termales petrificadas que por su zona arqueológica romana.

Desde Estambul nos dirigimos al sur hacia la ciudad de Denizli, que nos ofrece interesantes postales de amarilla belleza donde sobresalen altas montañas y llanos interminables. Cuando el autobús va subiendo las laderas de curvas pronunciadas, salen a nuestro paso blancas cascadas de formas retorcidas entre la tierra. Todo tiene tintes de un blanco inmaculado, como nieve.

Engin Girgin es el nombre de nuestro guía, un turco que habla español y que está interesado en que conozcamos bien su país. En el autobús nos pide escuchar primero la historia y posteriormente recorrer los restos de la Heriápolis y sus fosas.

Ahí, pasando la entrada amurallada, llegamos a la Calle de las Columnas, una avenida que en su momento sirvió para dividir la ciudad en dos. Actualmente, a lo largo de un kilómetro y medio, podemos apreciar cimientos de diversos edificios e hileras infinitas de columnas que son testigos del desastre ocasionado por diversos temblores a lo largo de su historia.

Al final del camino llegamos a uno de los atractivos: la Piscina Sagrada o de Cleopatra. La historia dice que este oasis privado fue construido por Julio César para uso exclusivo de Cleopatra. A lo largo de los laberintos que conforman la alberca, donde los turistas puedan nadar con libertad, se conservan sumergidos restos de columnas y placas de mármol talladas por artesanos de aquella época.

Nosotros, maravillados y ansiosos, nos perdemos entre los restos de la ciudad. Así llegamos hasta el emblemático y deslumbrante Teatro Romano, que albergó hasta 10 mil personas. Después de unas esplendidas vistas desde lo alto del teatro, bajamos a la orilla del acantilado de cal donde inicia la serie de fosas.

Estamos frente a las cascadas, una de las principales atracciones turísticas y naturales del país. Tan sólo al llegar al primer mirador y verlas en su máximo esplendor nos quedamos sin palabras. Al paso de los días o incluso de algunas horas, sus aguas cristalinas se petrifican debido a la gran cantidad de bicarbonato y calcio que contienen.

Nos acercamos lentamente y sin zapatos para poder sumergir los pies en este oasis medicinal. Poco a poco nos abrimos paso entre la gente y descendemos hasta las terrazas que se forman camino abajo. La mayoría tiene forma de media luna con capas de agua poco profundas, pero suficientes para mojarnos sentados. Los escalones se forman por toda la ladera hasta llegar a la base de la montaña, el valle del río Menderes. Al pasar frente a ellas, admiramos las estalactitas que soportan el peso de los pisos superiores.

Un silencio reconfortante se adueña del ambiente. Para nuestro deleite, atrás quedó un enorme grupo de turistas.

En el Mundo solamente hay otras fosas petrificadas de semejante belleza a Pamukkale en Hierve el Agua, Oaxaca.

La mejor hora para disfrutar al máximo de Pamukkale, considerada como Patrimonio de la Humanidad desde 1988, es por la mañana, aunque también merece la pena llegar al atardecer para disfrutar de las asombrosas puestas de sol de Turquía.

Es la hora de irnos. Me detengo para dejar pequeñas flores silvestres color amarillo en lo que parece ser una tumba de la Necrópolis. Casi a la salida, mi recompensa aparece cuando en mi camino encuentro una extraña piedra completamente redonda mitad mármol y mitad granito que conservo como un muy preciado tesoro.

 

Texto y Fotos:  Hector Arriaga Martínez

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