Hace un par de años compré en el Muji de NY unas figuras de madera a escala con los edificios más representativos de París, Nueva York, Londres y Tokio. Y en ese momento vinieron a mi mente recuerdos de niño donde pensaba conocer la ciudad asiática. Pasaron uno a uno mis deseos de jugar en el Monte Fuji con Mazzinger Z y Godzilla contra otros monumentales monstruos. Es tiempo de hacer esos sueños realidad.

Llegamos a Japón al atardecer. Estamos hospedados cerca de la Torre de Tokio, justo en el barrio de Shimbashi. Aquí la modernidad es evidente y nos rodean varios edificios de máquinas tragamonedas. Por la ventana puedo ver la torre. Serán pocos días los que estaremos en Tokio, por lo que dejamos las maletas y corremos a conocerla. La noche es muy calurosa.

Desde abajo es impresionante. Es semejante a la Torre Eiffel, pero por ser de mi color favorito, el rojo, ya la siento como la mejor de todas. A 333 metros de altura encontramos inmejorables vistas de la ciudad. Impactados apreciamos cada detalle nocturno de este enorme Tokio. A lo lejos admiramos, entre luces de colores, varias atracciones como la torre de Telecomunicaciones más alta del mundo, la Tokyo Skytree, y la Rueda de la Fortuna multicolor de Palette Town.

Después de recorrer visualmente y desde las alturas la ciudad, nos dirigimos hacia las calles más famosas de Tokio en Rappongi. Aquí cruzar la calle entre miles de personas implica un verdadero reto. Es hora de descansar.

Los días siguientes recorremos varios sitios obligados, desde el Meiji Jingu Shrine, uno de los templos sintoístas más sagrados de Japón porque aquí fueron consagradas las almas del Emperador Meiji y la Emperatriz Shoken; la Takeshita Dori, famosa por ser el sitio donde los adolescentes pueden adquirir artículos relacionados a personajes famosos; el apacible Parque Hibiya, el Castillo Imperial y los Jardines del Este, donde el calor húmedo nos obliga a pasar el resto de la tarde en los centros comerciales de Marunouchi y Ginza. 

Es tiempo de conseguir mis figuras de Godzilla y Mazzinger Z, por lo que nada mejor que recorrer el barrio de Akibahara. Sus establecimientos ofrecen todo tipo de juguetes de animé que jamás imaginamos. También es el sitio ideal para comprar artículos electrónicos y accesorios de última generación en la denominada “Calle eléctrica”.

Un paseo por Ikebukuro y su acuario del Sunshine City es ideal para pasar el resto de la noche. Otra de las zonas que merecen demasiado la pena recorrer es el barrio de Azakusa, donde encontramos tiendas y restaurantes típicos y con suerte a geishas y luchadores de sumo deambulando entre sus fans. Estando ahí, se puede cruzar hacia la Tokyo Skytree y, por qué no, volver a admirar la ciudad desde más de 634 metros de altura sobre el nivel del mar.

Es nuestro último día y, quizás, uno de los más soleados en Tokio desde que llegamos. Con mis figuras en la mochila emprendemos el viaje al Monte Fuji. Mis amigos me ayudarán a recrear las batallas que siempre soñé. Es el momento de jugar de nuevo y ser niño.
El viaje en tren bala me parece eterno. Por fin bajamos en la estación Shin Fuji y la emoción aumenta. Un autobús nos llevará a la base de la montaña. Avanzamos por veredas que poco a poco nos van indicando que aquí todo es frío y lluvia. Dos horas después llegamos a la Quinta Estación del Monte Fuji, donde la neblina no deja ver absolutamente nada. Decepcionados por el clima, entramos en silencio a un restaurante para comer una reconfortante sopa Miso.

Mis figuras aguardan en la mochila. Hoy nadie jugó. Habíamos dejado lo más importante para el final. Después de analizarlo en el camino de regreso al soleado Tokio, creo que quizás sea la excusa perfecta para regresar a Japón y completar el sueño.

 

Texto y Fotos Hector Arriaga Martinez

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